Deja todas las puertas abiertas.

Deja todas las puertas abiertas.

El mejor consejo que he escuchado en los últimos años me lo dio una colega terapeuta española que conocí en una formación y a quien, hasta ese día, nunca había visto en persona.

Ella vino a México y nos encontramos por primera vez fuera de zoom, fuera del contexto del curso, en ese territorio raro y precioso donde alguien deja de ser solo una imagen en la pantalla y se vuelve cuerpo, presencia, gesto, mirada.

Y quizá por eso me atravesó tanto. Porque no era una amiga cercana que conociera toda mi historia, ni alguien que supiera con detalle mis formas de decidir, de moverme, de cerrar ciclos o de abrir otros.

Y aun así, en medio de una conversación cualquiera, de esas que parecen normales pero a veces te mueven algo muy hondo, me miró y me dijo: “¡Deja todas las puertas abiertas!”. (Y al escribir esto, todavía la escucho en mi cabeza con su tono.)

Yo me quedé mirándola como quien no entiende si acaba de recibir una frase simple o una instrucción para la vida. “¿Cómo?”, le pregunté.

Y ella, con esa certeza luminosa que a veces tienen las personas cuando no saben que están diciendo algo enorme, me respondió: “Que sí, que dejes todas las puertas abiertas, hombre. Que no hay necesidad de cerrar ninguna”.

Me quedé pasmada.

No con ese espasmo de congelamiento que viene del miedo, sino con ese otro espasmo, el de una cubeta de agua fría cayendo justo donde algo necesitaba despertar.

Fue como si algo dentro de mí se hubiera acomodado de golpe. Como si ella, sin saberlo -o quizá sabiéndolo de alguna forma más profunda- hubiera señalado una tendencia mía que yo ni siquiera había terminado de ver: esa forma de creer que antes de abrir algo nuevo tenía que cerrar algo anterior.

Como si para avanzar hubiera que clausurar. Como si para elegir una vida hubiera que abandonar por completo todas las otras. Como si cada movimiento tuviera que ser irreversible para ser verdadero.

Me quedé sorprendida y aliviada. “¿Se pueden dejar todas las puertas abiertas?”, le pregunté. Y ella me dijo: “¡A que sí!”. (Y sigo escuchando su voz mientras escribo sus respuestas).

También me dijo: “Deja todas las puertas abiertas. No cierres ninguna. No tienes que caminar por la vida cerrando puertas detrás de ti. Déjalas abiertas. Entra, sal, vuelve a entrar cada vez que lo necesites”.

Y algo en mí descansó.

Me sorprendí porque, hasta que no escuché eso, no me había dado cuenta de que no era solo una forma de decidir, sino una forma de moverme en el mundo.

Esa sensación de tener que quemar los barcos conmigo encima para tener que saltar y para no poder regresar.

De tener que hacer de cada elección una renuncia definitiva. De tener que probarme a mí misma que iba en serio cerrando todas las rutas de vuelta.

Pero entonces apareció la pregunta: ¿por qué tendría que seguir siendo así?

Porque dejar todas las puertas abiertas es casi lo contrario de la supervivencia. La supervivencia muchas veces necesita cortar, huir, cerrar, quemar barcos, no mirar atrás, no dudar, no volver.

A veces sobrevivir se parece a avanzar sin permitirte regresar, como si mirar hacia atrás fuera una traición, como si cambiar de dirección significara fallarte, como si volver a una puerta anterior borrara todo lo que ya caminaste.

Pero una vida más segura, más madura, más encarnada, puede permitirse otra cosa: la continuidad, el matiz, el regreso, la pausa.

La posibilidad de no tener que destruir una parte de ti para poder abrir otra.
La posibilidad de moverte sin convertir cada elección en una sentencia.
La posibilidad de avanzar sin cerrar definitivamente lo que todavía puede tener un lugar, sin quemar la casa anterior solo para convencerte de que la nueva sí es real.

Y cuando entendí que ya no tenía que vivir desde ese lugar, entendí también otra cosa: que quizá ya no estaba sobreviviendo.

Que tal vez la vida ya no necesitaba sentirse como una huida hacia adelante.
Que podía avanzar sin destruir los puentes.
Que podía moverme sin castigarme con la idea de no poder volver.

Y eso me dio paz, me dio alivio, me dio calma... Pero también me dio muchísima esperanza.

Por eso hoy quiero compartirte lo mismo que ella me dijo a mí, con la misma fuerza sencilla con la que me atravesó:

"DEJA TODAS LAS PUERTAS ABIERTAS."

Regresar al blog

Tus comentarios son muy valiosos para seguir nutriendo este blog. ¡Gracias por tomarte el tiempo de dejar un comentario!

Tu comentario después de ser publicado, será visible en un lapso de 12 horas :)