La metáfora del bosque.

La metáfora del bosque.

La única forma de salir es atravesando.

Hay una metáfora que me gusta usar para hablar de los procesos terapéuticos informados en trauma y orientados al trauma: la metáfora del bosque.

Porque cuando una persona comienza un proceso terapéutico, casi nunca se encuentra frente al bosque mirándolo desde fuera y preguntándose si debería entrar. Lo más probable es que ya lleve mucho tiempo dentro.

Está en medio de los árboles, sin saber con claridad cómo llegó hasta ahí ni hacia dónde debería de ir. Los caminos que antes parecían conocidos han desaparecido bajo las hojas, las ramas crujen y asustan cuando cae la noche y algunos sonidos de animales se sienten demasiado cerca y aterradores. Tampoco sabemos qué extensión tiene el bosque, ni cuánto tiempo llevamos caminando en círculos, o si tendremos suficiente agua, alimento o fuerza para continuar.

Y muchas de esas respuestas no aparecen antes de avanzar: se revelan mientras atravesamos.

A veces, el trauma suele sentirse así. No solamente como el recuerdo de algo que ocurrió, sino como una forma de habitar el presente desde un bosque que sigue sucediendo por dentro. El cuerpo escucha peligros donde quizá ya no los hay, se prepara para noches que ya pasaron hace mucho tiempo, y el crujido de las ramas nos pone en un modo excesivamente alerta y sentimos que se nos sale el corazón. Y es que el sistema nervioso no responde a un mapa racional actual, responde a las huellas del camino, a los sitios donde aprendió a esconderse, a correr, a paralizarse o a permanecer escondido.

Por eso, para atravesar el bosque no funciona solo decirnos que no hay nada que temer. Claro que da miedo, es un bosque, es de noche y estamos solas. Hay oscuridad, animales, sonidos que no reconocemos y una inmensidad que no podemos calcular... y tampoco sabemos exactamente cuándo vamos a salir. 

La terapia no puede ofrecernos un día de salida ni prometernos un camino sin sobresaltos. Lo que sí puede ofrecernos es una manera distinta de atravesar ese bosque: con compañía, con más orientación, más recursos, más capacidad para escuchar el cuerpo sin quedar completamente gobernadas por el miedo.

Y atravesar tampoco significa avanzar de frente hacia todo ni adentrarse en la zona más oscura del bosque. Atravesar es entrar poco a poco en relación con aquello que todavía organiza nuestra vida, sin forzar al sistema nervioso a soportar más de lo que puede integrar.

A veces avanzamos durante un tiempo y después necesitamos detenernos. Encontramos un claro entre los árboles, encendemos una fogata y por fin podemos descansar. Tal vez ese lugar se siente agradable, conocido, incluso familiar. Y claro que descansar importa.

Un proceso orientado al trauma no consiste en empujar a una persona para que siga caminando cuando su cuerpo necesita recuperar fuerzas. Hay momentos en los que acampar es parte del camino: necesitamos comer, dormir, mirar alrededor, sentir el suelo bajo los pies y permitir que el sistema nervioso comprenda que no todo movimiento a nuestro alrededor es peligroso.

Y no toda pausa significa que nos hemos estancado. A veces el cuerpo necesita detenerse para integrar lo que acaba de atravesar, recuperar energía, hacer duelo o comprobar que puede descansar sin que algo terrible suceda. En trauma, la quietud también pudo ser una forma inteligente de protección. Por eso no se trata de juzgar cuánto tiempo llevamos en ese claro junto a la fogata, sino de comenzar a distinguir si estamos descansando para poder continuar o si hemos tenido que organizar toda nuestra vida alrededor de esa fogata para no volver a sentir miedo.

Porque también puede ocurrir que olvidemos que ese claro sigue estando dentro del bosque.

Lo conocido puede volverse cómodo, aun cuando no sea verdaderamente seguro. Podemos acostumbrarnos a vivir alrededor de la misma fogata, a recorrer únicamente los mismos metros, a decirnos que quizá ese pequeño espacio es todo lo que existe. Y aunque ahí el miedo parezca menos intenso, la noche seguirá llegando, continuarán escuchándose los animales y el bosque seguirá extendiéndose alrededor.

En algún momento tendremos que volver a levantarnos... porque la única forma de salir del bosque es atravesándolo.

No podemos saltarlo. No podemos volar por encima de él. Nadie puede recorrerlo por nosotras. Tal vez aparezcan personas que nos amen, que nos acompañen durante un tramo o que nos recuerden que existe un mundo más allá de los árboles, pero nadie puede poner un pie delante del otro en nuestro lugar.

Nadie va a venir a vivir nuestra vida por nosotras, a sentir nuestro cuerpo ni a realizar el movimiento interno que nos corresponde. No porque debamos hacerlo solas, sino porque hay travesías que siguen siendo enteramente propias.

¿También podemos quedarnos en el bosque? claro. Nadie debería ser obligada a salir antes de estar preparada. Pero quedarse no detiene la llegada de la noche. Los ruidos continúan, el miedo regresa y aquello que parecía refugio puede terminar convirtiéndose en encierro. Y en algún momento, con el ritmo que el cuerpo pueda sostener, habrá que continuar atravesando.

La terapeuta se parecería entonces a un guardabosques. No es alguien que promete sacarte cargando ni quien conoce cada detalle del territorio que habitas, porque tu bosque tiene una historia propia. Pero conoce los bosques. Sabe reconocer ciertos peligros, distinguir una huella, encontrar recursos cuando la oscuridad no permite ver con claridad y acompañar el cuerpo para que no tenga que avanzar más rápido de lo que puede integrar.

Un guardabosques no camina por ti, pero camina contigo. Puede ayudarte a leer el terreno, a detenerte antes de que el agotamiento se convierta en colapso, a orientarte cuando todo parece igual y a recordar que descansar no significa rendirse. Puede sentarse contigo junto a la fogata, permanecer ahí cuando llegan los sonidos de la noche y ayudarte a escuchar qué ocurre dentro de ti sin obligarte a levantarte antes de tiempo.

Pero llegará un momento en que habrá que apagar el fuego, guardar lo necesario y volver al sendero.

No para demostrar autosuficiencia, valentía, fuerza o capacidad, ni para salir más rápido, ni para convertir la terapia en otra forma de exigencia. Seguimos caminando porque el cuerpo merece descubrir que también puede moverse sin estar huyendo, que puede detenerse sin quedar atrapado, que puede escuchar una rama romperse sin sentir que todo el bosque atacará.

Seguimos caminando porque la vida no está solamente en sobrevivir dentro del claro que aprendimos a conocer, sino en ampliar poco a poco el territorio que podemos habitar.

Quizá durante mucho tiempo no veamos la salida. Quizá haya días en que sintamos que volvimos al mismo lugar. Pero el cuerpo va registrando cada paso, cada pausa acompañada, cada noche atravesada sin tener que desconectase de sí para sobrevivir.

Y entonces, un día, casi sin darnos cuenta, los árboles comienzan a abrirse. Entra una luz distinta. El aire cambia... y el horizonte vuelve a aparecer.

Y estamos ahí: en la salida. Sabiendo no solo desde la mente sino con la experiencia registrada en todo nuestro cuerpo, que no salimos del bosque porque alguien haya venido a rescatarnos. Salimos porque, paso a paso, aprendimos a atravesarlo sin dejarnos atrás.

Regresar al blog

Tus comentarios son muy valiosos para seguir nutriendo este blog. ¡Gracias por tomarte el tiempo de dejar un comentario!

Tu comentario después de ser publicado, será visible en un lapso de 12 horas :)