El cansancio de resignificar.

El cansancio de resignificar.

Hay un punto en el que entender se vuelve otra forma de seguir sosteniéndote sola.

No porque comprender no sirva. Sirve muchísimo.
Pero hay dolores que ya no necesitan otra explicación: necesitan un lugar seguro donde dejar de apretarse.

Hace poco, en una primera sesión con una nueva consultante, vi algo que me recordó —con el cuerpo y la presencia, no con la teoría— por qué trabajo con terapia somática, procesos compasivos y regulación del sistema nervioso.

Me contó dos eventos muy duros. El primero lo narró completo, con claridad, con esa estructura impecable que muchas personas desarrollan para poder contar lo intolerable sin romperse. Y cuando me terminó de contar, le dije algo simple:

Lo lamento mucho.

Respiró… agradeció, y siguió.

Luego entró al segundo evento. Otra historia pesada. Otra forma de cargar el mundo sin ruido. Y yo volví a decir:

Lo lamento mucho.

Y ahí su cuerpo habló. Sus ojos se humedecieron. La garganta pareció cerrarse. La emoción subió como una ola que por fin encuentra playa... y empezó el llanto.

Le dije con suavidad: “Noto emoción… ¿me quieres compartir qué vino? ¿qué se siente?
Y respondió, sorprendida, pero con calma algo que me atravesó:

“He hecho muchas cosas, he estado en muchos procesos… pero nunca nadie me había dicho eso.”

No era la frase. Era lo que venía dentro de la frase: presencia compasiva. Un testigo empático. Un “no estás sola” sin discurso ni palabras vacías, porque el sistema nervioso no “cree” argumentos: escanea. Y cuando detecta seguridad relacional, puede pasar de control o defensa a sentir.

Muchas personas ya no necesitan otra teoría. Necesitan, por primera vez, un encuentro. Y a veces, la intervención es el vínculo, sosteniendo el peso.

Por qué el cuerpo se quiebra justo ahí

Hay momentos en que el sistema nervioso no reacciona al contenido, sino al contexto.
No responde a “lo que me pasó”, sino a “cómo estoy siendo sostenida mientras lo cuento”.

Muchas personas pueden narrar dolor desde la cabeza (porque eso mantiene el control).
Pero cuando aparece una presencia segura y compasiva, el cuerpo recibe un mensaje distinto:

  • “Aquí no tienes que demostrar nada.”

  • “Aquí no tienes que explicar por qué duele.”

  • “Aquí no estás sola con lo que cargas.”

Y entonces pasa algo en el cuerpo: Cuando por fin hay un testigo suficientemente estable, el cuerpo hace algo muy inteligente: permite que la emoción suba en dosis tolerables. Lagrimeo, garganta, pecho: señales típicas de que la energía contenida está encontrando salida sin desbordarse. La mente ya no tiene que manejarlo todo porque el cuerpo siente compañía.

A veces el trauma no es solo lo que pasó… es lo que faltó.

Hay dolores que se vuelven trauma no solo por su intensidad, sino por su soledad.
Porque nadie dijo: “qué duro”, “qué injusto”, “lo siento”.
Porque no hubo un lugar para el duelo acompañado.

Por eso, muchas veces, el insight no basta.

No porque entender sea inútil, sino porque la herida no era de información: era de vínculo.

Hay experiencias que duelen por lo que sucedió.
Y hay otras que se quedan porque, después, tocó sobrevivirlas con una consigna silenciosa: no molestes, no sientas tanto, no necesites.

Y ahí se arma el patrón: una persona brillante, funcional, capaz… con un cuerpo que sigue en guardia.

Cuando la mente “ya lo entendió”… pero el cuerpo no se siente a salvo.

Este es uno de los puntos más frustrantes (y más comunes):
puedes entender tus heridas, tu historia, tus patrones; puedes tener palabras perfectas… y aun así, por dentro, algo no afloja.

Se siente como:

  • pecho apretado o respiración corta

  • mandíbula que no descansa

  • cansancio profundo, aunque “todo esté bien”

  • sueño liviano o hiperalerta nocturna

  • ansiedad sin un motivo “racional”

  • esa sensación de “sí, estoy bien… pero no estoy a salvo”

Y entonces intentas lo que muchas personas inteligentes hacen: resignificar más. Volverlo aprendizaje. Ver el lado positivo. Entender “para qué”.

A veces sirve. Y a veces es exactamente lo que ya agotó al sistema nervioso... porque el cuerpo no se regula con más explicaciones.

Resignificar vs reprocesar: una diferencia simple (que el cuerpo sí entiende).

Resignificar es darle sentido: “ya lo veo distinto”, “ya lo comprendo”, “ya lo elaboré”. Es valioso.

Pero el trauma a menudo requiere otra cosa: reprocesar.

Reprocesar es cuando el sistema nervioso logra actualizar algo que se quedó congelado: una emoción que no pudo sentirse, un impulso de defensa que se quedó atrapado, una alarma que sigue sonando aunque el peligro ya pasó.

Y esa actualización no ocurre solo porque lo expliques mejor.
Ocurre cuando el cuerpo, por fin, tiene condiciones para completar lo que quedó incompleto.

Ahí es donde la terapia somática (informada en trauma) cambia el juego: no para “hacerte sentir”, sino para hacer seguro sentir.

La parte que dice: “yo no necesito a nadie” (y por qué aparece).

Después del llanto, muchas veces aparece una parte protectora que dice algo como:

“Yo puedo sola.”
“Depender no funciona.”
“No necesito a nadie.”

Esto no es contradicción. Es protección.

Esa parte aprendió —con evidencia— que apoyarte en alguien podía salir caro: decepción, abandono, crítica, invasión, vergüenza, o simplemente nada.

Entonces organizó tu vida alrededor de una promesa: No vuelvo a quedarme esperando... ni dependiendo.

El problema es que, con los años, esa promesa se vuelve exigencia: se ve como fortaleza por fuera, pero por dentro se siente como cansancio crónico.

La presencia compasiva no pelea con esa parte, la entiende. Y le ofrece algo que no se logra con discursos: experiencia nueva.

Presencia compasiva: lo que es (y lo que no es).

Presencia compasiva no es “ser linda” ni decir frases bonitas.
Es una forma de estar que el sistema nervioso reconoce como segura.

Se siente como:

  • un ritmo sin prisa

  • una mirada que no exige

  • un acompañamiento que no corrige la emoción

  • un espacio donde no tienes que demostrar nada

  • alguien que se queda cuando la emoción sube

  • un vínculo que sostiene el peso sin dramatizarlo

Ese tipo de presencia es reguladora porque muchas personas no colapsan por lo que sienten, sino por lo que sienten en soledad.

Cuando hay testigo, el organismo puede hacer algo distinto: bajar la guardia sin perder dignidad.

Señales de que tu cuerpo está pidiendo “otra cosa” más alla de resignificar.

No siempre se ve como crisis. A veces se ve como normalidad tensa:

  • ya lo entendiste, pero sigues en alerta

  • haces “todo bien”, pero no descansas de verdad

  • puedes hablar del dolor sin llorar… pero tampoco sientes alivio

  • te cuesta pedir apoyo, incluso cuando lo necesitas

  • te sientes fuerte, pero también sola por dentro

  • tu mente va rápido y tu cuerpo no se apaga

No es falta de esfuerzo, es que tu sistema nervioso lleva años trabajando horas extra.

Cuando el cuerpo deja de pelear solo.

Lo que presencie en esa primera sesión es un recordatorio simple y profundo: no siempre necesitamos más herramientas. A veces necesitamos condiciones.

Condiciones para que el cuerpo deje de sostenerlo todo a fuerza.
Condiciones para que el dolor tenga un lugar donde ser acompañado.
Condiciones para que la defensa pueda descansar un minuto.

Por eso vuelvo a esta frase, porque es verdad:

La intervención a veces es el vínculo sosteniendo el peso.

Si resuenas con esto y te gustaría tener un acercamiento a un proceso somático informado en trauma, centrado en regulación del sistema nervioso y presencia compasiva, puedes agendar AQUÍ.

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