A veces es supervivencia. Y sí: puede costarte humanidad.
Hay una forma de “autocuidado” que se ve impecable desde afuera: la rutina perfecta, el checklist limpio, la disciplina que parece admirable, la constancia que, en teoría... debería traer paz.
Y sin embargo… por dentro no hay descanso.
Hay presión, hay vigilancia. Hay una sensación de estar “cumpliendo” contigo como si fueras un pendiente más en tu agenda. Como si tu valor dependiera de si hoy hiciste todo “bien”.
Ahí empieza lo que casi nadie nombra: no todo lo que parece autocuidado nace del amor propio. A veces nace del miedo. A veces nace de la necesidad de control, de una parte de ti que aprendió que estar impecable era la manera más segura de existir.
Y quiero decirlo con claridad, para que no se malentienda: no estoy en contra de los hábitos. Meditar, moverte, comer sano, escribir, dormir, ordenar tu vida… puede ser profundamente sanador. El problema no es el hábito, es quién está mandando cuando lo haces.
Porque una cosa es cuidarte.
Y otra cosa es vigilarte.
La diferencia no está en lo que haces, sino en el tono con el que te lo exiges.
Desde fuera, dos personas pueden tener la misma rutina: ejercicio, meditación, alimentación consciente, journaling, skincare, productividad, lectura. Misma agenda. Misma “vida saludable”.
Pero por dentro, una se siente sostenida… y la otra se siente juzgada.
La diferencia suele ser el tono interno:
-
“Esto me hace bien; me acompaño.”
vs -
“A ver si hoy sí lo haces perfecto.”
Cuando el autocuidado se convierte en una tarea más que "debo cumplir", el cuerpo lo percibe como amenaza, aunque la actividad sea “saludable”. Y aquí aparece una paradoja: puedes estar haciendo “todo bien” y aun así vivirlo como presión. Porque lo que regula al sistema nervioso no es la perfección; es la seguridad.
Y el desempeño no regula: tensa.
Puede dar control, pero no necesariamente calma. Puede dar “orden”, pero no necesariamente presencia. Puede darte la sensación de estar “haciendo lo correcto”, sin darte la sensación de alivio, de sentirte realmente a salvo.
Y cuando eso pasa, el bienestar deja de ser bienestar. Se vuelve rendimiento.
Lo importante no es la forma, es la función.
Observar esto desde un enfoque informado en trauma cambia la mirada: dejamos de preguntarnos “¿esto está bien o mal?” y empezamos a preguntarnos:
¿Para qué lo estoy haciendo? ¿Qué función cumple en mi sistema?
Porque hay autocuidado que funciona como nutrición real: te acerca a ti, te vuelve hogar, te ablanda.
Y hay autocuidado que funciona como control: te contiene a la fuerza, te disciplina, te mantiene “correcta” para no sentir.
Este segundo tipo no aparece porque sí. Aparece porque, en algún momento, esa estrategia tuvo sentido.
A veces no tuvo que pasar “algo enorme” para que el cuerpo aprendiera a vivir así. A veces bastó con un clima donde descansar se sentía peligroso: porque venía crítica, invasión, burla, exigencia, comparación. A veces bastó con sentir que el cariño era más fácil cuando rendías. O que ser “buena” era la manera de evitar conflicto, rechazo o vergüenza.
Cuando eso se instala, el sistema nervioso aprende una ecuación silenciosa:
“Si me mantengo impecable, estoy a salvo.”
Entonces el autocuidado se vuelve un barandal rígido... y si lo sueltas, sientes vértigo, aunque realmente no estés en peligro.
La señal no es si meditas o vas al gym. La señal es qué pasa cuando no cumples.
Este es el criterio más simple y más preciso que conozco para distinguir amor propio de supervivencia:
¿Qué pasa dentro de ti cuando no cumples tu rutina?
Si un día no puedes y aparece:
-
culpa pesada,
-
ansiedad,
-
autoataque,
-
la sensación de “ya valió todo”,
-
o esa urgencia de “compensar” para no sentirte mal contigo…
Entonces no estás frente a un hábito neutro. Estás frente a un mecanismo que tu sistema usa para mantenerse “seguro”.
No es una falla de carácter, ni flojera. Y tampoco es falta de espiritualidad. Es un cuerpo que aprendió a asociar error con amenaza.
Por eso hay personas que se sienten “correctas” pero no felices.
Hacen todo “bien” y aun así viven tensas.
Como si nunca fuera suficiente. Como si la calma siempre dependiera del siguiente paso.
Y esto importa porque hay una trampa muy común: confundir impecable con a salvo.
A veces, no es que seas disciplinada, sino que eres leal a un contrato antiguo.
Hay una frase que, cuando cae, ordena muchas piezas:
A veces no eres “constante” o “disciplinada”.
Eres leal a un contrato viejo: “si me sostengo perfecta, no me rompo.”
Y ese contrato se firmó cuando no había suficiente sostén afuera, cuando lo que te sostenía era tu capacidad de controlarte.
Por eso la rutina puede sentirse tan seria. Tan rígida. Tan “si no lo hago, algo malo pasa”.
Porque no estás defendiendo una agenda; estás defendiendo una sensación de seguridad.
Solo que ahora, ese mismo contrato tiene un costo: te cuesta espontaneidad, placer, descanso verdadero. Te cuesta humanidad.
Hay autocuidado que nace del amor… y autocuidado que nace del miedo a ser tú.
Esta distinción es delicada y poderosa.
El autocuidado que nace del amor suele sentirse así:
-
te deja más suave por dentro,
-
tiene margen,
-
se adapta a tu vida real,
-
no convierte un desliz en un juicio moral,
-
te devuelve a ti.
El autocuidado que nace del miedo suele sentirse así:
-
todo-o-nada,
-
vigilancia,
-
“deberías”,
-
castigo si fallas,
-
corrección constante,
-
y una idea de fondo: “si aflojo, me pierdo”.
Y aquí hay otra señal honesta y simple:
¿Tu rutina te deja tiempo real para ser humana?
No tiempo para “mejorarte”.
No tiempo para optimizar.
No tiempo para convertirte en tu versión más eficiente.
Tiempo para existir sin tarea. Para contemplar. Para sentir. Para descansar sin tener que ganártelo.
Si incluso tus espacios libres te producen culpa o los vuelves productivos, no es falta de voluntad: suele ser miedo a la pausa. Porque la pausa abre espacio… y el espacio deja entrar lo que has estado evitando.
“Entonces… ¿mis hábitos son malos?” No. Lo que hay que revisar es el mando.
De verdad: no se trata de tirar todo. No se trata de “hacer menos” por moda. No se trata de abandonar tus hábitos y ya.
La meta es otra: devolverle humanidad a tu estructura.
Que tus hábitos vuelvan a ser compañeros, no capataces.
¿Cómo le devuelvo humanidad a mi estructura?
1) Margen: que tu rutina tenga versiones humanas
Un sistema en amenaza suele exigir una sola versión: la perfecta.
Un sistema regulado es flexible y permite varias versiones de ti.
Por ejemplo: que exista un “día ideal”, un “día normal” y un “día difícil”, sin que eso signifique que fracasaste. No para bajar la vara por resignación o conformismo, sino para dejar de vivirte como máquina.
2) Separar sostén de desempeño
Hay cosas que de verdad te sostienen (lo mínimo que te conecta contigo).
Y hay cosas que son “extra” cuando hay energía.
El miedo intenta convertir todo en extra y ese extra obligatorio. El cuidado es flexible sabe elegir lo que realmente te cuida.
3) Reparación en lugar de castigo
Cuando el autocuidado está tomado por supervivencia, el cualquier cambio o error se vive con culpa.
Cuando está tomado por amor propio, el error se acompaña con reparación:
“Hoy no pude como quería… y sigo aquí conmigo.”
La reparación es el lenguaje del vínculo. El castigo es el lenguaje de la amenaza.
4) Tiempo sin objetivo como parte del cuidado
Si tu autocuidado solo existe como mejora, no es cuidado completo: es performance.
El sistema necesita espacios donde no haya meta. Donde no tengas que “lograr” nada para merecer estar bien.
Muchos “malos hábitos” no son defectos: son intentos de regulación rápida.
Otro punto informado en trauma que cambia la conversación: muchas conductas que luego llamas “malos hábitos” son intentos de tu sistema por bajar tensión rápido.
Comer de más, scrollear, trabajar de más, dormir tarde, comprar impulsivamente, llenarte de pendientes… a veces no es “autodestrucción”, es un cuerpo buscando alivio donde puede.
¿Es lo ideal? No siempre.
¿Tiene sentido desde la supervivencia? Muchísimo.
Cuando lo entiendes así, dejas de pelearte contigo como si fueras un problema. Empiezas a leerte como organismo. Y eso, por sí mismo, ya regula un poco: porque la vergüenza baja, y con ella baja el nivel de amenaza.
La pregunta que vale oro.
Si quieres quedarte con una sola pregunta, que sea esta:
¿Te estás cuidando… o te estás vigilando?
Porque el amor propio no se mide por cuántas cosas “perfectas” haces al día.
Se nota en cómo te tratas cuando no puedes.
En si tu rutina te sostiene o te castiga.
En si tus hábitos te acercan a ti… o te alejan de ti.
Y aquí entra esa otra frase que también es verdad (y que se conecta con todo esto): que tu estructura no te cueste tu humanidad.
No necesitas volverte menos comprometida.
No necesitas dejar de crecer.
No necesitas abandonar el autocuidado.
Lo que muchas veces necesitas es algo más simple y más profundo: No necesitas más disciplina. necesitas más PERMISO.
Permiso para descansar sin ganártelo.
Permiso para ser humana en días largos.
Permiso para no vivir como si un desliz fuera un derrumbe.
Si hoy te estás cuidando, ojalá sea desde un lugar que se sienta como hogar.
Que tu rutina no sea una forma elegante de perderte.
Que el cuidado no sea vigilancia.
Que la mejora no sea castigo.
Y si al leer esto sentiste un “sí… soy yo”, tal vez no necesitas exigirte más.
Tal vez necesitas acompañarte mejor.
Si quieres explorar esto con más profundidad —sin convertirlo en otra tarea— se puede. Con paciencia, con cuerpo, con verdad y con un trato interno que no te deje sola cuando fallas.
Conoce la información de mis acompañamientos AQUÍ.